A las 19.30 de ayer, la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Tucumán dejó de ser sólo un espacio académico. En la entrada, entre murmullos, caras ansiosas y celulares listos para una foto, aparecieron la abogada Soledad Deza y las actrices Dolores Fonzi y Camila Pláate. Hubo abrazos, felicitaciones y una cercanía que rompió cualquier distancia.
Antes de entrar al anfiteatro, LA GACETA conversó con las protagonistas.
“Hay historias que no se pueden mirar desde lejos; hay que mirarlas de frente”, dijo Fonzi, con una pausa que pesó más que la frase. Hablaba de la película, pero también de algo más: de lo que incomoda, de lo que interpela. “Esto pasó y podría volver a pasar”, agregó, sin rodeos.
La elección del lugar no fue menor. “Que se vea en una Facultad tiene otro peso”, sostuvo. Frente a futuros abogados -en las butacas se sentaron estudiantes, además de docentes y público en general-, la historia deja de ser sólo relato y se convierte en pregunta. “La película es una manera de resistencia”, dijo.
Pláate acompañó esa idea desde lo emocional. “No es una historia fácil, pero es necesaria”, afirmó. Su voz bajó un tono, como si la película todavía estuviera ocurriendo.
Reconocimiento
A las 20, el anfiteatro donde se proyectaría la película se llenó. Entre aplausos, las protagonistas bajaron las escaleras y se sentaron en la primera fila del aula Magna de la unidad académica. Antes de que comenzara la proyección, la decana, Cristina Grunauer, entregó un reconocimiento a Deza por todo el camino que recorrió y por sus aportes a la Facultad. El gesto fue breve, pero significativo.
Después, silencio.
La película avanzó y el aire pareció volverse más denso. Al inicio nadie se movía. Algunas miradas se clavaban en la pantalla; otras esquivaban ciertas escenas. Entre risas, incomodidad y esperanza la película pasaba.
La fuerte crítica de Dolores Fonzi a Milei tras ganar el Premio Goya con "Belén": "No caigan en la trampa"Cuando todo terminó, el proyector se apagó y hubo un instante suspendido.
Entonces, el aplauso.
Primero tímido, después firme, hasta llenar todo el anfiteatro. Las luces se encendieron y dejaron ver rostros atravesados por la emoción, manos que seguían aplaudiendo un poco más, como si la historia todavía no hubiera terminado.
Y no había terminado.
Minutos después, Deza y Fonzi subieron al escenario. Desde allí, compartieron impresiones y respondieron preguntas del público. La conversación continuó con la misma intensidad que la proyección.
Antes de finalizar, una estudiante preguntó qué significaba que la película se proyectara en una universidad pública, en el contexto actual.
Fonzi respondió conmovida: no hay mejor cierre que este. Recordó que ya había estado en esa Facultad un año atrás y que aquel aplauso había sido uno de los más significativos que recibió.
Deza tomó la palabra y sumó otra capa: en un momento en que la universidad pública está tan nombrada y cuestionada, estos espacios son motivo de celebración. También, dijo, una forma de esperanza.
El aplauso volvió.
Esta vez, distinto. Más consciente. Como si no fuera sólo para una película, sino para todo lo que había pasado ahí adentro.